martes, 20 de septiembre de 2011

Dadme dolor real a fin de que el imaginario no me venza.

“Ve su sonrisa si cierra los ojos. atesora las entradas de las película que vieron. ¿Qué pensaría del libro que está leyendo? Un perfume despierta un sin fín de recuerdos. Una canción le provoca sollozos. (…) Pierde el apetito, pero a veces asalta la nevera a las seis de la mañana. Cree reconocerlo en la oscuridad de los bares y luego se da cuenta de que se ha equivocado. Escribe su nombre en servilletas sucias, y le tiemblan las manos si descuelga el teléfono. El pulso de la sangre resuena en los oídos. Una llamada podría abrir las puertas del cielo. (…) Cuando duerme sola se abraza a la almohada. (…) Enumera sus fallos para no idealizarlo. Y acaba por pensar que ilumina sus virtudes. (…) Al menor de sus gestos se le congela el pulso. Escribe cartas absurdas que nunca le ha enviado. Redacta tonterías sin pies ni cabeza. Sospecha que la química no haría nada por ella.”

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